martes, 5 de abril de 2011

TORNASOL JUNIOR

( A un hijo al ser padre) EXISTENCIA.- Gemidos en una sala abierta. Mujer dolorida entre sábanas y brazos que asisten, donde los gemidos se convierten en lágrimas de gozo y cristal. Mirada transparente antes de la espera, del tormento, de la incertidumbre sin límite que todo lo imagina. Una paradoja sin igual amando y temiendo ese instante, ese llanto etéreo que traspasa los muros blancos, siempre blancos. Cuerpos de hierba flotan, se deslizan en derredor. Alertas al peligro, alertas al bisturí entre los ágiles dedos, alertas a ese vientre fértil por donde mana el rojo líquido que tiñe de dulzura como un bálsamo, el cuerpo casi inerte de la mujer, un ser apenas inanimado. Ella pronto despertará. Despertará con el eco. Se oyen al unísono los latidos de su corazón y el llanto acompasado de un querubín, colocado sobre su pecho.
Fuera, en sitio idóneo, miradas espectantes no se apartan de la puerta mágica, de la puerta ocre por donde hará su aparición una vida en ciernes, un cuerpo lleno de fuerza interior, un cerebro diminuto que ya capta y ansía unas gotas de amor, de asombro.
Un hombre joven llega radiante, le sujeta con ternura. Sus brazos abarcan la débil carga, se enredan inexpertos entre pañales de encaje, se confunden entre los brazos del bebé dormido y ambos se adormilan con un leve roce. Un padre primerizo cuyo rostro lleno de esplendor, es proyectado por unos segundos, junto con el de su hijo, por el último rayo de sol tras la mampara. 2,6,2011

1 comentario:

  1. Hola Tornasol, precioso texto.
    Cada día me sorprendes más.

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